Tras la pérdida de alguien a quien queremos se entra en un proceso caracterizado por sentimientos de tristeza -se siente una pena muy grande y todo hace llorar-; de miedo y angustia -sensaciones muy intensas de desamparo, desasosiego-; de soledad -como si el mundo se hubiera acabado-; cambios de humor constantes; por conductas de negación e incredulidad -parece que lo que está pasando es una horrible pesadilla-; insensibilidad -es como si le estuviera pasando a otro- y de rabia y resentimiento.

Estas emociones, además, suelen ir acompañadas de sensaciones corporales como el nudo en el estómago, palpitaciones, pérdida de apetito, insomnio, temblores, pérdida de fuerza, hipersensibilidad al ruido, sensación de falta de aire, náuseas, fatiga y una opresión en la garganta y en el pecho. Son sensaciones normales que se acompañan de comportamientos tales como llorar, suspirar, buscar , llamar y hablar con el fallecido, querer estar en soledad y evitar a la gente, dormir poco o en exceso, soñar o tener pesadillas, falta de concentración, no parar de hacer cosas o, por el contrario, apatía.

Estas reacciones, normales después de la muerte de un ser querido, forman parte de un proceso más o menos largo y doloroso de adaptación a la nueva situación. La duración oscilará entre uno y tres años y se habrá superado cuando la persona sea capaz de recordar al fallecido sin sentir dolor, cuando aprenda a vivir sin él , cuando sea capaz de plantearse retos vitales y de centrarse en una convivencia normalizada con familiares, amigos y compañeros. Para alcanzar este objetivo la tarea prioritaria consiste en aceptar la pérdida: la persona querida ha muerto y no volverá. No es suficiente con decirlo, hay que creerlo. Cuando se haya perdido toda esperanza de recuperar al ser querido será la señal de que se ha aceptado.Hablar de la pérdida, de las circunstancias de la muerte e incluso visitar el cementerio o el lugar donde se han esparcido los restos puede ayudar a completar este paso.

Paralelamente, hay que aprender a sentir el dolor en privado, llorando, mirando sus fotografías... O de forma compartida, hablando de los sentimientos con la familia, con amigos de confianza, con las personas con las cuales no hay ningún inconveniente en expresar cómo se está. Hay que aprender a vivir sin esa persona: si es importante expresar las emociones, no menos importante es saber complementarlo con actividades que posibiliten el inicio de una vida sin el ser querido. Hay que aprender a vivir en soledad, a tomar decisiones sin apoyo, a realizar las actividades de las que se ocupaba la otra persona... En definitiva, a tener otra perspectiva de la vida, otros objetivos. La recuperación del interés por la vida marcará el momento de superación: no hay nada malo si se quiere disfrutar, si se quiere ser feliz, en establecer nuevas relaciones, en sentir nuevos deseos.

Finalizar el proceso de aceptación no significa olvidar. Para cada persona significa algo distinto: es poder dar un sentido a todo lo vivido, es pensar en el ser querido sin sentir un dolor insoportable y recordar con ternura los momentos vividos, es llegar a perdonarse o a perdonar lo negativo de una relación y los momentos que, por la muerte, no se han podido disfrutar.Espero que estas líneas contribuyan a superar el duelo personal de una amiga.

Pedro Martínez es psicólogo clínico de ILD Psicología